AMOS: UN PROFETA ACTUAL

Amós: Un profeta Muy Actual

La Biblia demuestra la preocupación de Dios en relación con la vida humana y un ejemplo de esto lo tenemos en el Israel de a mediados del siglo VIII a.C., tiempo en que también se vivía una situación de injusticia y corrupción generalizada. El Señor envió al profeta Amós con un novedoso mensaje, cuyo énfasis era que la principal demanda de Dios para con el hombre se relacionaba más con la conducta que con el culto.

Para nadie es un secreto que en nuestra América Latina se viven gran injusticia y corrupción, y por supuesto, a los cristianos sinceros que residen en ese contexto les surgen, inevitablemente, preguntas como estas: ¿qué tiene que ver Dios con todo esto?, ¿cuál es la responsabilidad cristiana ante la realidad social?

La Biblia demuestra la preocupación de Dios en relación con la vida humana y un ejemplo de esto lo tenemos en el Israel de a mediados del siglo VIII a.C., tiempo en que también se vivía una situación de injusticia y corrupción generalizada. El Señor envió al profeta Amós con un novedoso mensaje, cuyo énfasis era que la principal demanda de Dios para con el hombre se relacionaba más con la conducta que con el culto.

La pertinencia del mensaje de Amós para nuestro contexto latinoamericano es indudable. Su profecía no fue fruto de una frustración por la ineficiencia del orden político de turno, sino resultado de «la acción de Dios que le permitió ver la realidad de su pueblo y los propósitos de Dios respecto a él mismo» (Nota 1). Su mensaje estaba influido por las realidades políticas, económicas, sociales, religiosas y culturales de su tiempo, y por ello, Amós adquiere un peso único y muy oportuno para la situación actual en América Latina. Su lectura, análisis y praxis comunitaria, a partir de la iglesia de Jesucristo, pueden servir en gran manera para una renovación de la conciencia moral y social en el continente.

Juicio contra Israel (2.6–16)

Aunque habló antes acerca de las demás naciones, Amós apunta a Israel. Su estrategia al profetizar en primer lugar contra las demás naciones fue llegar al tema puntual de Israel.

La gravedad del pecado de Israel ante los ojos de Dios se evidencia en el número de pecados que identifica (siete) un número altamente significativo para el pueblo Hebreo. Los pecados denunciados «no son simples pecados ocasionales de momentos de crisis y conflictos internacionales, sino algo que se traduce en costumbres, en maneras regulares de comportarse los miembros de la sociedad» (2).

Los siete pecados

Venden al inocente por dinero (2.6a): se acusa a los jueces de ser corruptos, pues con tal de ganar algún dinero extra proveniente del soborno, son capaces de condenar a una persona inocente. El texto denuncia también cómo se infringen los derechos de los pobres y cómo los acreedores, para recuperar el dinero prestado o invertido, venden como esclava a una persona cuya única culpa es no poder saldar su deuda.

Se vende al pobre por un par de sandalias (2.6b): a diferencia de la acusación anterior, aquí la persona que sufre la esclavitud es el pobre. «En el primero, la esclavitud podría estar justificada, pero es inhumana; en el segundo, no está justificada de ningún modo.» (3). Amós enfatizaba que absolutamente nada es motivo suficiente para esclavizar a una persona.

Oprimen y humillan a los pobres (2.7a): la traducción literal sería: «Los que anhelan el polvo de la tierra en la cabeza de los pobres.» Esta es una clara referencia al desprecio y la prepotencia con que la clase dominante de Israel oprimía a los pobres indefensos. «A estos no los venden como esclavos, pero los pisotean. La metáfora es muy amplia y puede abarcar casos muy distintos en la vida diaria.» (4)

Se niegan a hacer justicia a los humildes (2.7b): el verbo aquí tiene el sentido de «inclinar». Puede ser entendido en el sentido jurídico (falsear el proceso del pobre), en un sentido moral (pervertir la conducta de los humildes o corromperlos) y en el sentido existencial (precipitarlos en el abismo, buscar deliberadamente su ruina). Por esto Amós acusa a los poderosos de evitar el camino de los humildes, de no querer tratar con ellos y de ignorarlos. Posiblemente se refiera también a la actitud de los poderosos de poner en tales dificultades económicas y sociales a los pobres, de modo que los obligan a toda clase de vicios, robos y asesinatos. En estas situaciones, muchas veces se puede llegar a comprender e incluso tolerar ciertas injusticias sociales.

El padre y el hijo se acuestan con la misma mujer (2.7c): aquí, el profeta fustiga a los señores que «se aprovechan de las criadas a su servicio, abusando de su situación privilegiada. La afirmación "un hombre y su padre" pondría de relieve la humillación continua de esas muchachas impotentes» (5). El versículo 7 señala que de esta manera profanan su santo nombre. Esta frase no solamente se refiere a este pecado, sino a los mencionados anteriormente.

Tendidos sobre ropas que recibieron en prenda participan en comidas en honor de los ídolos (2.8a): tanto esta como la ultima acusación se relacionan con el ambiente de una comida en honor a la divinidad, celebrada en el templo. Generalmente se entiende esta sexta acusación como la trasgresión de la norma de Éxodo 22.25, que trata sobre la devolución, antes de ponerse el sol, de una prenda o manto del prójimo.

Con dinero de multas injustas compran vino, que beben en el templo de su dios (2.8b): el culto a su dios no les cuesta nada mas la ley exigía multas por diversos motivos (Ex 21.22, Dt 22.19). Pero, según parece, algunas de esas sanciones se cobraban en especie, que luego se disfrutaban en fiestas desenfrenadas. «Era un claro caso de corrupción administrativa, peor aún, porque los implicados eran "muy religiosos" y no tenían la menor conciencia del divorcio entre su fe y su conducta.» (6)

La raíz de los pecados de Israel

En el Antiguo Testamento la riqueza y abundancia material era considerada generalmente como una bendición de Dios. También así se ha enseñado dentro de la iglesia, aduciendo que la abundancia es consecuencia lógica de una vida en obediencia a Dios. Es, de hecho, uno de los argumentos mas utilizados por la teología de la prosperidad. Amós, no obstante, presenta un enfoque totalmente opuesto al tradicional. El profeta condena a Israel por robar, pero no se refiere al robo como un acto de delincuencia sino como una práctica corrupta que beneficiaba a quienes participaban de ellas. «Se aprovechaban de los otros … por medio de los mecanismos económicos mas impersonales.» (7)

Se señala también la ingratitud hacia Dios como causa de los males. Dios se identifica con los agraviados y «muestra que lo que esconden la avaricia, la soberbia, la lascivia y la injusticia de los poderosos es una actitud de ingratitud hacia Él» (8). Amós recuerda entonces algunos hechos poderosos en la historia de Israel, como la liberación de Egipto y el establecimiento en la tierra prometida, hechos que deben generar una actitud de gratitud permanente. Al no querer recordar su propia historia los israelitas se verían obligados a volver a vivirla. Los poderosos no estaban interesados en un cambio hacia el bien y la justicia, sino solo mantener un sistema de vida que les convenía.

El castigo inevitable de Dios para Israel (2.13–16)

Amós, a diferencia de Oseas —para quien el amor era el principal atributo de Dios— coloca el acento sobre la justicia divina. Señala que «un Dios justo es incapaz de tolerar las sucesivas violaciones de su ley moral» (9). Así, el castigo aparece como definitivo e ineludible. Todas las destrezas, artimañas y habilidades conocidas no alcanzarán para escapar del juicio y castigo de Dios. «Dice Jehová» no son simples palabras de un hombre, sino del Soberano que gobierna la historia y que pide cuentas a los seres humanos por su injusticia. Amós no opta por un lenguaje ni una postura moderadas, escoge alinearse con Dios y los débiles, en contra de los ricos y poderosos.

Dios busca encontrarse con su pueblo (3.1–4.13)

Estos dos capítulos se refieren a la tarea del profeta, la adoración a las riquezas y a una religión sin justicia. Amós termina llamando a Israel a prepararse para un encuentro con su Dios (4.12).

La tarea del profeta (3.1–8)

En el mundo moral, el castigo sigue al pecado. Amós proclama que para Israel llegó ese momento, pues ser el pueblo elegido de Dios no es sinónimo de impunidad. La elección trajo  consigo una responsabilidad y no una especie de fuero espiritual, como lo consideraban, ya que cuanto mayor privilegio se tenga, mayor responsabilidad habrá (3.1–2). La elección tiene en este contexto cuatro implicancias según Amós. En primer lugar, debe ser vista como una distinción frente a los demás pueblos. En segundo lugar, confirma el presente de Israel. En tercer lugar, aunque los poderosos creían que el hecho de ser elegidos significaba estar seguros de que Jehová no dejaría que pasase nada malo a su pueblo, esta garantía él jamás se la había dado a nadie, ni siquiera a su propio Hijo. Y por último, Amós entiende que la elección tiene que ver con la historia del pueblo, la cual es peligrosa para el orden vigente. A pesar de la elección, Dios sigue siendo soberano. 

Es por eso que el profeta expone la verdad de que el pecado trae castigo, según la ley natural de causa y efecto. Como en el mundo natural, cuando el león ruge (efecto) es porque ha encontrado una presa (causa), Israel será castigado (efecto) porque Dios ha actuado (causa). Por lo tanto (v.8), Israel debe temblar de miedo y él (Amós) debe profetizar.

La adoración de la riqueza (3.9–4.3)

La Biblia tiene mucho que decir acerca de la economía y el mensaje es esencialmente uno: todas las cosas pertenecen a Dios. «El que reconoce a Dios como Señor utiliza todas las cosas y riquezas de acuerdo a la voluntad de Dios y para la gloria de Dios. Esta voluntad incluye, como mínimo, la justicia para todos los hombres y, como máximo, el amor a todos los hombres.» (Nota 10)

La religión oficial apoyaba la explotación de los pobres, y por esa razón, el  reproche va dirigido contra los poderosos de Israel, «los que han hecho de las riquezas materiales, la vida fácil y el placer su dios; y esto a costo de la opresión de la mayoría de la población» (11).

Amós ve en ellos una total incapacidad de actuar rectamente (3.10). No es simplemente que actúan mal; es que no saben hacer el bien. La falta de conocimiento de Dios ha invertido en ellos los valores y producido la perversión de la justicia; las riquezas son el valor supremo de su vida y han  hecho de los palacios verdaderos templos de este falso dios. No son pecadores comunes, pero para Dios, la violencia institucionalizada o legalizada, empleada como medio para enriquecer a unos pocos al precio de la muerte lenta de la mayoría, es una actividad criminal y asesina. Por eso el Creador invita a los testigos a legitimar en contra de los poderosos, para que se produzca el juicio divino (3.11–15). El texto indica con claridad que «ese culto a los bienes terrenos solo puede llevarse a cabo mediante la opresión de los pobres, creando una división profunda entre los habitantes» (12). También enjuicia a las mujeres ricas, señalando su castigo (4.1–3): «Las vacas de Basán serán tratadas como animales; con garfios y ganchos serán empujadas fuera de sus ricos pastizales camino al destierro.» (13)

Al encuentro de Dios (4.4–13)

A pesar de sus cinco siglos de radicación en Canaán, el tipo de religión de Israel era un sincretismo del yahvismo con los cultos paganos practicados por los pobladores originales de esos territorios. Muchos tenían un concepto de Dios totalmente amoral. Por eso, Amós afirma que Dios no quiere sacrificios ni actos religiosos divorciados de la justicia. Su énfasis es muy parecido al de los profetas Isaías, Oseas y Miqueas.

Este párrafo es una descripción de los encuentros y desencuentros del pueblo con Dios. La devoción de los injustos (vv. 4–5) representa el desencuentro, que Dios ha tratado de remediar insistentemente buscando a su pueblo (vv. 6–11). Finalmente se encontrarán con Él, pues no existe escapatoria (vv. 12–13). El falso servicio a Dios le habría reducido a la pasividad, pues en el servicio divino correcto, el hombre experimenta la acción vivificadora de su Señor.

 

Lecciones de Amós para el mundo de Corrupción

Existe una similitud notable entre las condiciones sociales del reino del norte, Israel, en el siglo VIII antes de Cristo y las de América Latina hoy. La dolarización de la riqueza, por un lado, y la pobreza por el otro, se dan en ambos casos. La clase alta —una pequeña minoría de la población total— acapara la mayor parte de los recursos y la baja o pobre por su parte —representada por la mayor parte de la población— se debate en la miseria y la necesidad. La clase media es cada vez más frágil y pequeña y en su mayoría pasa a engrosar el índice de los pobres.

El paralelismo se da también en la lista de los pecados denunciados. La corrupción en la administración de la justicia es una constante en ambos casos. También la esclavitud —a pesar de que en su versión tradicional se terminó en el siglo pasado— sigue vigente con nuevos métodos, v.g., la trata de blancas, el tráfico de órganos, etcétera. La misma humillación e impotencia a las cuales son sometidas las clases pobres en América Latina les lleva a un estilo de vida torcido. «Existe una estrecha relación entre la injusticia de los poderosos y la delincuencia de los humildes.» (14)

Es evidente, además, que existe una relación entre el divorcio de la fe religiosa que se profesa y la conducta de tales individuos. La mayoría de quienes explotan a los pobres en América Latina se consideran buenos cristianos y, por desgracia, no ven ninguna contradicción entre la fe que profesan y sus prácticas. Conciben también la religión como algo relacionado con Dios, pero no con el prójimo.

Al igual que Amós, los profetas que han levantado sus voces para denunciar la corrupción han sido silenciados por causa de la persecución, la tortura y, en algunos casos, la muerte. Tristemente, en ocasiones, hasta las iglesias han colaborado con el orden establecido para acallar a los profetas (recuérdense los apoyos públicos o tácitos a los regímenes militares y sus injusticias aberrantes).

El principio proporcional de privilegio-responsabilidad está en vigencia para la iglesia cristiana. Empero, al igual que Israel, esta no puede conformarse con el orden establecido en una sociedad corrupta y como comunidad alternativa debería ser una sociedad modelo. Lamentablemente, frente a la realidad actual, algunas dejan mucho que desear en tal sentido. La extrema pasividad de las iglesias cristianas ante la corrupción generalizada no solo es sorprendente, sino sospechosa. 

Por ese motivo, para asumir su función profética nuestras iglesias latinoamericanas deben tener integridad y eliminar la visión social de «turista» que algunas poseen, cuando se dedican a admirar los «palacios» construidos y los vehículos lujosos obtenidos mediante la corrupción y explotación de los pobres y marginados sociales. La iglesia frecuentemente no distingue que existen pobres, porque hay ricos y viceversa. Amós por su parte, con visión «profética» detectaba en ese tipo de sociedad una idolatría instalada: la adoración a la riqueza, donde lo importante ya no es servir —que es su función original— sino tener y servirse.

La lectura de Amós refleja claramente que sus acusaciones estaban dirigidas contra los líderes de la nación, la clase alta y también los líderes espirituales. Esto nos lleva a concluir que la purificación debe empezar por la propia iglesia cristiana —específicamente por sus líderes— para que posea autoridad moral y pueda efectivamente, ser «sal y luz».

Dios llama al arrepentimiento, a una reorientación total. En Amós, ese llamado apuntaba directamente a la dimensión social del evangelio: se trata de un volverse a Dios en el mundo. 

Dios busca adoradores justos, y así como Él no avala los genocidios cometidos por los conquistadores contra los indígenas latinoamericanos en nombre del cristianismo y su religiosidad, tampoco apoya la teología anti-mundo de muchos sectores cristianos evangélicos. Muchos de ellos, dándole más énfasis a la expectativa escatológica, actúan más bien como un narcótico que no los desafía a luchar por la justicia en la sociedad. Con tal actitud, lo único que han logrado ha sido defender sistemas de injusticia y corrupción. Sin embargo, el «día del Señor» no dejará a muchos de ellos en su aparente seguridad escatológica, de la misma manera que la aparente seguridad de los ricos y poderosos en el continente latinoamericano —contagiados por la carrera armamentista y la doctrina de la seguridad nacional— también se esfumará. Igualmente sucederá con los sistemas tradiciones y dispensaciones elaborados por los «religiosos»; todos deberán rendir cuenta por lo que han hecho en este mundo (Mateo 25.14–40). 

Las dos diferentes comprensiones de Dios (Amós y Amasías) se encuentran representadas en las iglesias cristianas de nuestro continente. Hay quienes asumen una visión profética de Dios y también están los que asumen un concepto eclesiástico de Dios. La visión eclesiástica por su parte, tiende a identificarse con los opresores y se convierte en soporte del sistema de injusticia. Sobre este tipo de «santuario» como el de Betel, Dios emite su más severo rechazo y desata su castigo.

De manera similar a la sociedad israelita de los tiempos de Amós, la sociedad en América Latina —creada especialmente por el capitalismo liberal— es una sociedad que privilegia el consumo. El dios supremo es la ganancia económica y justifica cualquier medio. La sociedad organiza su vida como si Dios no existiera y el hombre es reducido a una mercancía más. La corrupción por su parte se ha generalizado de tal manera que existen problemas o situaciones que solo se solucionan con el soborno, el cohecho o los regalos. Sin embargo, así como el juicio llegó a la sociedad israelita llegará, también, a la sociedad latinoamericana.

La iglesia cristiana de América Latina esta llamada a ser un instrumento eficaz de Dios. Para ello debe ser purificada, pero esto no sucederá en una panacea espiritual, sino en un compromiso de fidelidad a Dios. Su llamado es a resistir los valores de este mundo, a negarse a la adoración al dinero y a servir a Dios, exigiendo la justicia para todos.

 

Análisis Libro de Amós

 

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